El reciente despliegue militar de Estados Unidos en el Caribe ha encendido las alarmas y generado preguntas que todavía no tienen respuesta. No se trata de una operación cualquiera, sino de destructores, buques anfibios, un crucero de misiles guiados, submarinos y un contingente de marines. Una fuerza que, por su magnitud y capacidad, va mucho más allá de lo que corresponde a las actividades de combate al narcotráfico.
La mayoría de los analistas coincide en que esta vez el objetivo no parece ser solo interceptar cargamentos de drogas, sino que el objetivo es diferente, de carácter político. Más que perseguir cargamentos de cocaína, la intención de esta movilización militar es cambiar al gobierno de Venezuela y reinsertar al país en la esfera de influencia geopolítica de Washington.
LA INCÓGNITA
Pero la gran duda, la incógnita, no es el motivo del despliegue, sino cuál es el plan. ¿Qué hará Estados Unidos con esta fuerza? Un funcionario estadounidense, en declaraciones off the record, reconoció que enviar semejante flota para operaciones de narcótico era “como combatir con un cañón en una pelea de cuchillos”. Es decir, una desproporción evidente entre el pretexto y los medios desplegados.
El Pentágono muestra su poderío militar, pero lo hace sin explicar hasta dónde piensa llegar. Esa incertidumbre es, en sí misma, un arma: crea zozobra en la población, perjudica la economía venezolana y genera inquietud en la región.
“LA FUERZA”
Ahora bien, este despliegue naval no puede entenderse sin la lógica que guía a Donald Trump, la llamada “paz a través de la fuerza”. Esa fórmula parte del principio de que no se necesita una guerra abierta para imponer la voluntad de Washington. Bastaría con exhibir el poder y usarlo de manera puntual para que el adversario capitule.
Trump ya lo ha utilizado en acciones repentinas, puntuales que no buscaban abrir un conflicto total, sino enviar una demostración de poder, una especie de puño de emperador sobre la mesa para intimidar. En esa lógica, la amenaza de la fuerza es tan importante como la fuerza misma.
LA RESPUESTA
No se trata, en principio, de una invasión, algo poco probable, ya que podría generar una situación incontrolable que choca con la lógica pragmática del trumpismo MAGA. Además, Venezuela no es un país fácil de someter, ha demostrado capacidad de respuesta en resguardo de su soberanía y ha enfrentado la amenaza militar de forma activa, sin complejos, con planes de defensa y la movilización de sus fuerzas.
Así que, más que un desembarco de tropas, el objetivo sería mantener a Venezuela bajo una tensión permanente, lo que podría incluir el bloqueo de buques petroleros. La intención es debilitar la confianza interna exhibiendo de manera ostentosa la asimetría de poder, con el objetivo de forzar una rendición en la mesa política antes de que la amenaza se materialice.
LOS FALSOS POSITIVOS
Hasta ahora, la “diplomacia de las cañoneras” estadounidense se ha mantenido en el terreno de la guerra psicológica, pero puede volverse voraz. Si no alcanza sus objetivos, si no logra provocar una implosión social, Washington podría contemplar acciones más agresivas contra Venezuela.
Incluso podrían darse escenarios en los que sectores más radicales de la política estadounidense busquen deliberadamente un incidente para justificar una intervención militar directa. No es casual que un reciente reportaje de The New York Times recordara el Incidente del Golfo de Tonkín, en 1964, cuando supuestos ataques norvietnamitas contra destructores estadounidenses fueron utilizados como excusa para escalar la guerra.
TORBELLINO
La estrategia de Trump parece confiar en que la amenaza con un despliegue naval producirá los resultados esperados. Pero la historia latinoamericana enseña que las cañoneras, cuando se aproximan demasiado a la orilla generan un torbellino. Así que la incógnita persiste: ¿es la flota una simple exhibición de poder para amedrentar o el preludio de una guerra? La respuesta marcará no solo el futuro de Venezuela, sino también del continente.