La lengua en tiempos de distopía digital

Somos lo que hablamos. La lengua no es, como se dice, el castigo del cuerpo. Tampoco, contrario a lo que creía el filósofo Marco Aurelio, es el instrumento que Dios dio al ser humano para ocultar su pensamiento.

El habla es lo que nos identifica. Una herramienta de nuestra cultura, acaso la más potente y hermosa de las creaciones humanas, un mortero donde mezclan la herencia del pasado, las formas del presente -el modo en que nos relacionamos con el mundo- y también la proyección de nuestros sueños.

La lengua es un organismo vivo. La forma articulada del lenguaje, con su juego permanente de tradición y de innovación, es expresión de una forma interior, espiritual, dice Angel Rosenblat, el venezolano que mejor ha reflexionado sobre nuestra manera cotidiana de hablar y cómo ésta nos habla de nosotros mismos.

Pero no siempre hubo coincidencia en esta idea. Hubo en tiempo en que muchos creían que existía una forma más o menos correcta de hablar; se pensaba que los venezolanos hablamos mal porque “mochábamos las palabras”, nos comíamos las “eses” o las “eres”, que nuestra habla era vulgar, chabacana.

En el siglo pasado, Rafael Cadenas, un mago de nuestro idio[1]ma, aclarando que no se ubicaba entre esos puristas, percibía un empobrecimiento creciente y una trage[1]dia cultural en la forma venezolana de comunicarse, tragedia que el poeta asignaba, entre otros hechos, al deterioro de la educación y al fenómeno de los medios masivos.

Pero hubo también quienes siempre sostuvieron lo contrario. La lengua es una puerta siempre abierta a la innovación, aunque ésta nos parezca monstruosa o absurda al principio. Rosenblat, que nació en Varsovia, pero conocía como pocos el lenguaje de la calle y de la literatura venezolana, sostenía que debemos valorizar y querer nuestras maneras expresivas, pero ello sólo se puede hacer si comprendemos cómo funcionan. Esa forma caribeña creativa, redundante, barroca, amorosa y humorística que tenemos de entendernos.

En su ”defensa del habla venezolana” Rosenblat sostiene que no deberíamos acomplejarnos si los términos venezolanos (los llamados venezolanismos) no aparecen en Diccionario de la Real Academia, y que en estricto sentido no existen buenas ni malas palabras.

Isabel Rivero D´Armas -en línea con Rosenblat afirma en El habla del venezolano que la identidad no es un fenómeno estático y que siendo así, es susceptible de transformarse sobre “cuando en una época se reafirman valores diferentes de los de otra”.

EL LENGUAJE DIGITAL

¿De qué manera el fenómeno digital ha transformado la forma en que hablamos? La pregunta inquieta a todos, y mientras gastamos diariamente tres ó cuatro horas de nuestra vida en las redes sociales, se vuelve a plantear el eterno debate. ¿Empobrece la vida digital el lenguaje?.

Hasta hace poco, fue el correo electrónico que transformó nuestra relación con el género epistolar. Pero pronto llegaron las redes sociales, la conversación social, con su carga bulliciosa, su saturación de voces y reiteración machacona de mensajes y fórmulas donde a veces es indistinguible el emisor del receptor, el contenido de la forma, el sujeto del predicado.

Hoy hablamos una lengua, llámese nueva o no, que se sustenta en el uso de clics, de símbolos, de interacciones sobre una pantalla o desde un servidor, pero sobre todo que intenta reflejar las emociones.

El lenguaje cotidiano, el que usamos para hablar con amigos o la familia, ya no remite a las antiguas estructuras de los manuales y diccionarios, si no a esquemas simples y sensibles. Las innovaciones lingüísticas provienen de la característica binaria de la comunicación moderna. Todo o es blanco o negro, bueno o malo, joven o viejo, uno o cero.

Uno de esos fenómenos es la reducción del léxico. Hola. Bien. OK. Fino. Carita = mal/bien. Pulgar arriba. Pulgar abajo. Los grafismos desplazan a la palabra, a las formas expresivas de la cotidianidad.

La destrucción de la gramática (Ola k ace / Kesloke /VamoaCalmarno) ocurre ante nuestros ojos. Vivimos bajo la alocada gramática de las etiquetas, en la cual se impone la destrucción de las reglas sintácticas. ¿Destruyen estas innovaciones la comunicación o sólo crean nuevas formas de comunicarnos?.

El universo digital ha cambiado sin duda nuestra relación con el habla y este proceso conduce a universos de dibujos, verbos, palabras y abreviaciones: vocablos que se asemejan mucho más a la comunicación oral,
aunque se transmitan por escrito. Hay una aspiración no oculta a imitar la oralidad. Las risas, gritos, los sonidos se convierten en interjecciones.

Los sonidos del habla ya no se escuchan en la cabeza, forman parte del mensaje.
Detrás de este escenario de cambios en el habla oral y escrita, se replantea el mismo problema que se discutía en el siglo pasado respecto al habla cotidiana.

Si lo que está en juego es la comunicación, el entendimiento entre los seres humanos o si por el contrario, el habla digital, nos acerca a un mundo mudo, donde la única comunicación posible es aquella que impone la neolengua binaria.

¿Transitamos a un mundo, a lo Cadenas, rumbo al empobrecimiento cultural, a la depauperación definitiva de nuestras formas expresivas, o debemos -a lo Rosenblat- abrir las puertas a las innovaciones -por loca que parezcan- que surgen del paradigma digital.

Y si -como dice razón Isabel Rivero D´Armas, el habla se transforma cuando se transforman los valores de una época. ¿No deberíamos entonces preguntarnos, a qué valores abre camino una sociedad mediatizada por las pantallas, una sociedad en que el debate público ha sido sustituido por la imposición de los algoritmos? ¿A dónde va una sociedad narcotizada por de odio, miedo, el vacío, la soledad?.

Por: William Castillo Bollé/Cortesia: Correo del Orinoco.

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