La definición de «cambio» se ha transformado radicalmente. Ya no significa «que se vaya el presidente». Ahora significa soluciones tangibles en la vida cotidiana.
Ya no es “cambio” desplazar a un gobernante o convocar elecciones. Hoy “cambio” es tener un salario que alcance o que funcionen los servicios públicos.
La mayoría ha despolitizado el cambio. No importa quién esté en el poder, le importa más lo que hace. Han interiorizado que la política es un medio y no un fin.
Si el gobierno logra estabilizar la economía, la mayoría estaría dispuesta a votar a favor. Si la oposición no presenta un plan creíble, la abandonarán.
El centro de gravedad político ya no está principalmente en la ideología, sino en la gestión del cambio.
El actual “pragmatismo profundo” de la sociedad venezolana se expresa en que las prioridades son materiales, concretas y urgentes.
Pero también existen temores por una eventual desestabilización de la vida cotidiana o un caos interno.
El cambio, como lo ve y siente el venezolano, es más una percepción de estabilidad, paz y progreso, que un cambio radical que genere más incertidumbre a su vida cotidiana.
La gestión económica del gobierno de la Presidenta Delcy Rodríguez está buscando aceleradamente estabilizar la vida del venezolano, lo que no es una tarea fácil.
Mientras que la oposición extremista sigue conectando solamente con una minoritaria base radical en el exterior.
Por eso adelantar escenarios electorales resulta aventurado en un contexto de cambios intensos en el “sentido común” y en la emocionalidad de los venezolanos.










