Análisis energético Venezuela-EEUU

El nuevo acuerdo petrolero entre Venezuela y Estados Unidos no es una privatización: es un pragmatismo energético inédito que busca activar la mayor reserva de crudo del planeta bajo soberanía del Estado.

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Análisis Estratégico

Venezuela acaba de suscribir con Estados Unidos el acuerdo energético más importante en décadas. En Análisis Situacional, Oscar Schémel conversó con Alejandro Terán Martínez —abogado, periodista y director de la Asociación Latinoamericana de Empresarios del Petróleo (ALEP), con sede en Texas— para desmontar qué hay realmente detrás del pacto. La tesis del análisis es clara: no se trata de una entrega de soberanía, sino de un nuevo pragmatismo energético que busca poner a producir la mayor reserva de crudo del planeta.

El punto de partida es una reforma de la Ley de Hidrocarburos aprobada este año por la Asamblea Nacional, que habilita la figura de los Contratos de Producción Petrolera de Hidrocarburos (CPPH). Sobre ese marco se firmaron 17 campos, una inversión proyectada de 100.000 millones de dólares y el desarrollo de ocho bloques vírgenes. La operación no parte de cero: se apoya en compañías que ya trabajan en el oriente y el occidente del país.

Por qué no es una privatización ni una concesión

La distinción es jurídica y de fondo. En un CPPH la titularidad de la reserva sigue siendo del Estado. El esquema es de participación: el inversionista desarrolla los campos y aporta el capital, y el Estado le paga esa inversión con petróleo, mientras cobra su regalía y sus impuestos. La infraestructura que se construye —carreteras, campamentos, mejoradores, servicios— queda en el país.

Terán lo resume con una comparación histórica. Es la misma lógica con la que Venezuela levantó buena parte de su aparato productivo en el siglo XX: del CPP que firmó Gómez con la Standard Oil de Rockefeller, a la Corporación Venezolana de Guayana que decretó Rómulo Betancourt en 1961, cuando se pactó con la US Steel y la Iron Mining la explotación del Cerro Bolívar a cambio de una ciudad planificada, hoy Ciudad Guayana. En ningún caso se entregó la soberanía: se utilizó el recurso para pagar una infraestructura que quedó en manos venezolanas.

El objetivo no son las reservas: es producir

El foco del nuevo modelo no es contabilizar barriles bajo tierra, sino producirlos y monetizarlos. La razón es doble. Del lado venezolano, la industria quedó devastada: tras el bloqueo, la interconexión con Texas cayó cerca de un 80% y PDVSA pasó de bombear millones de barriles a apenas unos cientos de miles, antes de recuperar terreno. Del lado estadounidense, la urgencia es energética.

Aquí aparece la clave geopolítica del acuerdo. La inteligencia artificial disparó la demanda: las mayores compañías del mundo son hoy empresas de datos, y los datos se producen con agua, gas y petróleo. El dato es el nuevo petróleo, y para sostenerlo Estados Unidos necesita energía que no tiene a mano. Sus reservas están en mínimos de cuatro décadas, sus aliados del Golfo están tensionados y China gana terreno. En palabras de Terán, Washington es «un monstruo con un cuarto de tanque de gasolina» que descubre que estranguló a su proveedor más seguro de los últimos cien años. El ejemplo es concreto: un centro de datos que Chevron acordó con Microsoft en Texas consumirá el gas natural equivalente a casi ocho millones de viviendas.

“un monstruo con un cuarto de tanque de gasolina”
Alejandro Terán Martínez, director de ALEP

Recomposición de una relación rota

El acuerdo no es solo petrolero: es también gasífero y petroquímico, y sobre todo político. Reconfigura una relación que se fracturó de manera abrupta con las sanciones, que según Terán terminaron funcionando como un búmeran que golpeó al propio mercado estadounidense desde que se le arrebató a Venezuela el control de Citgo. Por ahora el alivio llega por la vía de licencias, no de una derogación plena de las medidas coercitivas, un matiz que introduce cierta inestabilidad para los grandes inversionistas.

En ese juego, cada líder habla a su público. Donald Trump le dice a su electorado que Venezuela «está con nosotros» y que habrá gasolina y seguridad; en Caracas el lenguaje es el inverso: el petróleo es nuestro, lo que se busca es capital y tecnología. Es, en definitiva, una mezcla de soberanía con pragmatismo en la que —sostiene el analista— el gran ganador es Venezuela.

Las amenazas: rentismo, monodependencia y dolarización

El propio invitado reconoce los riesgos. El primero es la reedición del rentismo y el clientelismo que dilapidó decenas de miles de millones de dólares en las últimas décadas. La apuesta para evitarlo es un nuevo empresariado, más digitalizado y curtido por la crisis, y un modelo en el que la operación la administra el sector privado mientras el Estado gestiona la regalía y la reinvierte en desarrollo social.

El segundo riesgo es la monodependencia respecto de Estados Unidos. La consolidación arranca con Washington como socio necesario, pero el horizonte que dibuja Terán es de diversificación hacia otros bloques —Suramérica, Asia— en un mundo donde la Agencia Internacional de Energía ubica a Venezuela como pieza estratégica para todas las potencias que crecen en inteligencia artificial.

Sobre la dolarización, la posición es tajante: no es posible, ni factible, ni recomendable. Renunciar al signo monetario propio teniendo «el dólar bajo tierra» equivale a atarse de manos, como le ocurrió a Argentina con la caja de conversión o a Ecuador. La ventaja competitiva venezolana —un costo operativo de entre 8 y 12 dólares por barril frente a los 49 de Texas— se aprovecha mejor sacando el crudo, cobrándolo en divisas y fortaleciendo el bolívar.

“el dólar bajo tierra”
Alejandro Terán Martínez, director de ALEP

Tokenización y una criptomoneda respaldada en petróleo

El siguiente escalón del modelo es financiero. Terán anticipa la tokenización de las reservas: convertir esa riqueza del subsuelo en instrumentos negociables en las bolsas internacionales para vender crudo a futuro y capitalizar hoy la producción de mañana. Es, dice, lo que hacen todos los años los países del Golfo, que financiaron a Dubái y Abu Dabi prenegociando sus reservas. En esa dirección apunta también una criptomoneda venezolana respaldada en petróleo, que el analista prevé «muy pronto».

Texas y Venezuela: la factura del bloqueo

La dimensión del costo se ve en un solo dato. En 2014 el intercambio comercial entre Texas y Venezuela alcanzó los 42.000 millones de dólares; el bloqueo lo desplomó a mínimos históricos. Sumando la década de sanciones, Terán calcula en cerca de 500.000 millones de dólares lo que perdieron ambas economías. El acuerdo, en su lectura, no hace más que recomponer un matrimonio que se rompió sin repartición ordenada de bienes.

El país en dos o tres años

Puertas adentro, el analista subraya un consenso inédito: en la Asamblea Nacional y en la calle, el país aparece alineado en torno a la economía, en un contexto de despolarización donde pesan más el pragmatismo y los resultados que las identidades. La secuencia que se plantea —primero estabilizar la economía y las instituciones, después el terreno político— fija el horizonte hacia el final de la década.

Si Venezuela sostiene la producción, controla la inflación y el ciudadano percibe pronto la mejoría, Terán proyecta al país «disparado» a convertirse en el centro energético más grande del mundo en los próximos cinco años. La corrupción, admite, seguirá siendo un peligro; la respuesta que propone es de fondo: mejorar los sistemas productivos y digitalizar los procedimientos del Estado.

Una nueva doctrina petrolera

Del debate emerge el contorno de una nueva doctrina: soberanía sobre el recurso, pragmatismo en la operación y bienestar social como fin último. El Estado conserva la propiedad de sus reservas y las pone a producir con capital y tecnología ajenos, apostando a que la renta se traduzca en hospitales, escuelas y empleo. El propio análisis matiza que este es apenas el inicio de un proceso, no un boom inmediato: el petróleo en firme llegará por etapas, primero de lo que ya existe y luego del desarrollo de los campos nuevos. La magnitud del giro es innegable; su éxito dependerá de que Venezuela evite, esta vez, repetir sus propios errores.

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