laborismo y post pandemia
Laborismo y Post pandemia
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Luego de cuarenta años de reformas “neoliberales”, con incidencia en la desregulación desde el Estado, la privatización de lo público, en lo que se refiere al transporte, comunicaciones, educación y salud, y la liberalización de la actividad privada –al punto de “financiarizar” lo económico–, la Pandemia y la incapacidad del sector privado para lidiar con su complejidad, le daría a la Administración Biden la oportunidad de implementar políticas progresistas en un marco de pragmatismo que le devuelva al Estado su rol de árbitro entre lo social, lo público y lo privado.

La propuesta

Así las cosas, por cuestiones de circunstancia histórica y praxis política e impelidas por la pandemia, un demócrata moderado y pragmático, irlandés, Biden –católico del noreste de los Estados Unidos, con raíces y tradiciones familiares laborales y una formación política basada en el realismo político, la negociación y la búsqueda de consenso– bien podría acabar realizando una importante transformación política. En conjunto, las iniciativas/medidas de la Administración Biden, aparentemente meditadas en 44 años de vida política, 36 de ellos en el Legislativo, suscitadas por la urgencia de salud pública generada por la Pandemia y el efecto social, político y económico, de las cuarentanas resultantes y concebidas como respuestas gradualistas y moderadas podrían resultar la superación de un orden político basado en el legado de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, en aquello de que “…la sociedad no existe” (1987) y que el “Gobierno no es la solución a nuestros problemas, el gobierno es el problema” (1981) respectivamente. En base a la formación de su equipo económico y a las iniciativas políticas tomadas en sus primeros 100 días de gobierno, Biden pareciera estar emulando a aquel Franklin D. Roosevelt que, en una alocución radial del 24 de julio de 1933, dijese que “ …(mirando hacia atrás) todos quisiéramos tener la oportunidad de hacer una pequeña y tranquila refexión para examinar y asimilar, en una imagen mental, los multitudinarios acontecimientos de los cien días dedicados al arranque de la marcha del New Deal”.

En sus primeros 30 días en la Casa Blanca, Biden ha ejecutado más de cincuenta “órdenes ejecutivas”, veintidós de las cuales consisten en la eliminación de órdenes de su antecesor, argumentando que “…no está proclamando nuevas leyes sino eliminando malas políticas”. Estas medidas –que han ido acompañadas de Memorandos Presidenciales y Directivas a las Agencias de su Gabinete– han estado dirigidas a establecer políticas públicas en asuntos relativos a la pandemia, inmigración y equidad, transmitiendo un mensaje de “futuro, unidad y acción”.

El Equipo

En el plano Ejecutivo, en lo que se refiere a su tren económico, Biden ha ensamblado un equipo de voces progresistas. Gente que lo ha acompañado en su casi medio siglo de vida pública liderada por Janet Yellen –quien encabezó el Consejo de Asesores Económicos con Bill Clinton y fue presidente de la Reserva Federal, el banco central de los Estados Unidos, con Barack Obama– como Secretaria del Tesoro (el equivalente a Ministra de Economía en el Perú), cuyo trabajo académico se ha enfocado en temas laborales y de género. Prácticamente la totalidad de su equipo senior tiene vinculación académica y/o de función pública con temas de protección al consumidor, economía laboral, seguridad social y laboral y medio ambiente. Así, de cara a una Pandemia que afecta la vida y el tejido social vis a vis una “economía de la movilidad” y el consumo –hoy en situación recesiva y con altos índices de desempleo–, la administración Biden se viene enfocando en privilegiar el valor del trabajo vis a vis el capital en la medida, además, que rescates monetarios y fiscales de la Administración Trump y el que está a punto de aprobar formalmente la mayoría demócrata en el Congreso, subrayan que el Estado es capaz de generar capital con cierta facilidad, pero no así empleo, minando, acaso sin querer, el valor otorgado, en el marco del capitalismo “neoliberal” (ideológico) al propio capital. La visión y perspectiva progresista de la Administración Biden en la elección de su equipo económico se reproducen además a lo largo de todo el tren Ejecutivo con especial incidencia en el nombramiento de John Kerry como Enviado Presidencial Especial Para el Medio Ambiente con carácter de Secretario de Estado y un equipo de diplomáticos profesionales en el Departamento de Estado vinculados a procesos de paz y distención global con especial énfasis en América Latina incluyendo la primera Sub-Secretaria asignada al Consejo de Seguridad Nacional encargada de la Frontera Sur, con especial énfasis en temas migratorios y de asilo en los Estados Unidos. Los nombramientos vinculados a América Latina subrayan el ánimo migratorio de Biden, cuya memoria y consciencia de la migración irlandesa lo acercan a latinoamericana y su aporte a los Estados Unidos en la medida que estuvo encargado de la región durante la Administración Obama (2008-2016), habiendo presidido la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado por varios periodos. La Oficina Oval del Presidente Biden está presidida por un busto de Cesar Chávez, el líder laboral, sindicalista, organizador comunitario y activista de los derechos civiles de los latinos quien fundara la Asociación Nacional de Trabajadores del Campo (1962). Nacido en Yuma, Arizona, en 1927, Chávez recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor civil en los Estados Unidos, póstumamente en 1994.

El Plan

El enfoque y la orientación social y laborista son claros en la agenda inmediata del Presidente Biden cuyas prioridades, según él, incluyen cuatro cuestiones fundamentales: (i) la Pandemia, desde la perspectiva de la salud publica en función de la protección y vacunación; (ii) la desaceleración económica, desde la perspectiva de la asistencia fiscal a los sectores más expuestos; (iii) la injusticia racial, desde la perspectiva de la inequidad en la asistencia pública; y (iv) el cambio climático, desde la perspectiva del “Proyecto Climático 21”, que busca inclinar a todo el aparato público hacia objetivos alineados con los Acuerdos de París del 2016. En lo inmediato las iniciativas de la nueva administración se articulan en torno al “Plan de Rescate Americano”, cuya aprobación formal es inminente en el Congreso y cuyo debate político ha sido contencioso, y en base a lineamientos partidarios. Una segunda etapa se articulará alrededor del “Plan de Recuperación Americana” –aun no anunciado formalmente– que buscaría la creación de nuevos empleos, reformas e inversión en infraestructura (fundamentalmente “verde”), el combate frente al cambio climático y el avance en la equidad racial, con el objetivo de generar 18 millones de puestos de trabajo en la próxima década. La Coyuntura Para Estados Unidos, el 2020 fue uno de los años de mayor contracción económica desde el fn de la II Guerra Mundial. A pesar de haber sido menos de lo esperado –3.4% en lugar de 4.4%, según el Fondo Monetario Internacional– ha sido una contracción severa. Más aún si se toma en cuenta que se produjo a pesar de vastos “paquetes” de asistencia fiscales, que sumaron 2.9 billones de dólares, y asistencia monetaria al sistema financiero por parte de la Reserva Federal de un monto de más de 6 billones de dólares. Así, si bien el rebote económico en la segunda mitad del año alivió tasas de desempleo record, no ha impedido que el desempleo abierto se mantenga por encima del 7%, comparado al promedio histórico de 5.8% desde el fin de la II Guerra Mundial, sin considerar que la tasa de participación y el “desempleo estructural” llevan esa cifra de desempleados a más de 10 millones de personas. De hecho, las solicitudes de seguro de desempleo siguen rompiendo records históricos semana a semana, a pesar de haber declinado de los picos de la Pandemia. Algún alivio, asimismo, deriva de la recuperación en el mercado de acciones de los niveles perdidos por la Pandemia y las cuarentenas. De todas maneras, los tipos de interés siguen estando bajos. Y la economía real –en lo que se refere al rubro de servicios, el más extendido y el que más empleo genera en el país– sigue afectada en función del cese de la “economía de la movilidad.

El 2021 será un año de “rebote” con una expectativa de 5.1% de crecimiento según el FMI, dependiendo, por supuesto, del mantenimiento de las asistencias fiscales y del avance en la vacunación. La primera condición puede ser afectada por la resistencia que la minoría republicana en el Congreso pueda presentar a subsiguientes iniciativas fiscales, en función del plan de “Plan de Recuperación Americana” de la administración Biden. Lo cierto es que en el 2022 la economía de los Estados Unidos solo crecería 2.5% según el FMI, en línea con su promedio histórico reciente y muy por debajo del promedio previo a la crisis hipotecaria, de 3.5%. Descartando la existencia de una supuesta “demanda represada”, que generaría el desenfreno consumista de una “época dorada” post-pandemia, como la ocurrida en 1918 al cabo de la llamada “gripe española”, que devolvería al mundo al estado en que estaba en febrero del 2019, que parece más quimera que promesa, más aun cuando el contagio y mortandad de las nuevas mutaciones/ variantes del SARS-Cov-2 amenazan con subsecuentes olas de infección y partiendo de la premisa de que los efectos económicos de la COVID habrían de ser mucho más severos –particularmente entre los sectores de menores ingresos que coinciden con las minorías étnicas en Estados Unidos– la perspectiva de Biden, de privilegiar la vida antes que la economía, el trabajo antes que el capital, acaso sea la única valida en una post pandemia, que como en toda plaga en la historia, demanda nuevos equilibrios, nuevos acuerdos, ante la entropía de un sistema de crecimiento económico, agotado por sus propios excesos.

José Gonzales / Cortesía La Corriente

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