I

Todo Príncipe posmoderno debe comprender que no debe busca el poder en el trono o autoridad en el cetro. Una corona puede ser percibida como un símbolo de nobleza o como un atuendo estrafalario. El poder hoy en día no es un objeto el cual poseer. El poder es una relación social y se construye, “se viraliza” dirán algunos.  El lenguaje es el territorio por excelencia de la disputa del poder. Todo príncipe debe procuparse una narrativa, investirse de una simbología, ser ungido por unos rituales, que tengan significado efectivo para sus súbditos (¿o deberíamos decir “followers”?). En nuestros tiempos, un Príncipe sin relato es un Príncipe sin corona. Ahora bien, para que este relato sea efectivo debe ser capaz de movilizar pasiones, deseos, aspiraciones. Es importante que el relato este dotado de un comienzo, un origen, en donde se haya “torcido” el camino, roto la armonía. Por tanto un punto de inflexión y comienzo de una batalla política. Ejemplo: “quieren condenar a Hungría porque los húngaros han decidido que nuestra patria no será un país de inmigración” Viktor Orban.

II

El Príncipe debe despreocuparse sobre si sus narrativas movilizan los prejuicios, odios, racismos, de sus súbditos. Por el contrario, debe alegrarse, logró ser “disruptivo”, así esto implique expresar posiciones “políticamente incorrectas” es decir, ofensivas, agresivas, indignantes, lo importante es que nadie permanezca indiferente ante la palabra del Príncipe. La peor tragedia para un Príncipe en estos tiempos es no tener “interacciones”, “like’s”, “rt’s”. El Príncipe debe preocuparse por encontrar ángulos no dichos, ideas incómodas, que sean polarizantes, que convoquen a la confrontación social y empujen hacia el dilema moral. Ejemplo: “si quieres cubrir a tu hija con Burka, vete a tu país” Matteo Salvini.

III

La estatus de “verdad” deja de ser importante. El Príncipe debe entender que en la Era de la posverdad no es necesario que sus ideas tengan algún “aval” científico. Lo importante es que sea suficientemente verosímiles ante la mirada prejuiciosa del segmento social de sus súbditos que le interese. Es importante que sepa que tiene a su disposición las “Fake News” con las que podrá difundir mentiras de manera deliberada para sedimentar o reforzar emociones, preconceptos, imagines e ideas entre sus “seguidores”. Ejemplo: “ya no hay sitio para los inmigrantes en Europa” Marine Le Pen.

IV

El Príncipe debe construirse su propio enemigo. Este enemigo debe ser tan poderoso que el Príncipe jamás pueda derrotarlo por completo. Sin enemigo a quien enfrentar no hay épica, no hay gloria y especialmente no hay a quien culpar de los errores propios. Por ello, este enemigo debe ser ubicuo, omnipresente y portador de todos los errores, defectos y malas intenciones. Los opositores visibles al Príncipe deben ser planteados como torpes ventrílocuos controlados por el otro enemigo, que es invisible, difuso, sin rostro. Estas marionetas deben ser lo suficientemente torpes como para que el Príncipe pueda derrotarlos en infinitas microbatallas y así mostrarle glorias a sus súbditos.  Cada batalla ganada a las marionetas del verdadero enemigo, debe ser expuesto como signo de audacia, estrategia y virtud del Príncipe. Ejemplo: “nuestro gobierno busca sustituir un fracasado y corrupto stablishment político” Donald Trump.

V

Si todas estas cosas no funcionaran, el Príncipe no debe tener temor alguno de ser un tanto “vintage” y recurrir al viejo Mao cuando dijo “el poder nace de la boca del fusil” o al abuelo Maquiavelo cuando dice “de aquí que todos los profetas armados venzan y los desarmados se arruinen”. Si las reglas del juego no favorecen al Príncipe, hay que cambiarlas, ajustarlas y quebrar la voluntad de quien se resista por medio de la fuerza. Ejemplo: “debemos proseguir la operación militar donde la dejamos y seguiremos aplastando las cabezas de terroristas”  Recep Tayyip Erdogan.

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