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Biden: 290 votos electorales vs Trump que no se quiere ir

Biden llevaba ventaja en cuatro estados decisivos: Nevada, Arizona, Pensilvania, y Georgia. En todos, a excepción de Arizona, tenía una ventaja inferior al 1%. Podía ocurrir también que, en el fragor del conteo de los votos perdiera en Georgia, donde las proyecciones sólo le daban una ventaja de unos 2.500 o 3.000 votos una vez finalizado el conteo de los resultados.

A Biden le bastaba con ganar en Pensilvania para alcanzar la Presidencia. Y allí su ventaja parecía destinada a aumentar: si lograba ganar en todos los estados en los que iba por delante, alcanzaría los 306 delegados en el Colegio Electoral, el organismo que decide quién es el presidente.
Divididos en sus pesares y con euforia de lotería que disputaba un jugoso primer premio, así siguieron los estadounidenses las informaciones para saber quien es el próximo inquilino de la Casa Blanca.

La realidad y los medios de comunicación estadounidenses, a los que Biden les dio anuncios en horas de mayor rating, el ahora muy mencionado «prime time», indican que el Presidente Proyectado es Joe Biden.  Obtuvo al menos 290 votos electorales de los 270 necesarios, y su contendor republicano, 214.  Mister Trump sigue gritando fraude y ha dicho que usará todas las herramientas, legales y políticas, que tenga a su alcance para ganar las elecciones.

El ahora Presidente Loser, insiste sin evidencia en mano en que se produjo un fraude electoral y pide la intervención de la Corte Suprema. En todo caso, como explica Mike Gonzalez, investigador ‘senior’ del think tank conservador Heritage Foundation, «el proceso puede ser largo si los abogados de la campaña denuncian presuntos fraudes que los estados deban investigar».

A Biden no le importa: su partido ya se adjudicó la victoria electoral. No importa tampoco que varias cadenas de televisión entre ellas Fox News, dejaran de transmitir el mensaje presidencial del jueves pasado devolviendo el Trumpazo porque aseguraron que era información  falsa. Tampoco importa la cantidad de voces que le fustigaron, denunciaron, rechazaron, regañaron y hasta vilipendiaron como lo hizo el alcalde de Filadelfia, @PhillyMayor que dijo que Trump » debe «ponerse los pantalones de niño grande» y reconocer que «perdió».

No le importa al actual presidente estadounidense la asistencia histórica de los estadounidenses con su voto por correo porque dice que en tiempos de confinamientos por Covid-19, esa herramienta resultó fundamental para apalancar la victoria de Biden. Votaron por correo, con sus debidas salvaguardas, más de 120 millones de ciudadanos.

Lo que hoy, aquí y ahora, le importa a Donald Trump es implosionar la arena política para que, aunque perdió, se convierta una continua piedra de discordia en la gobernabilidad de los demócratas y en las próximas elecciones en el 2024 pueda sentarse otra vez en la silla de la Casa Blanca. Es decir, usa el fastidio como arma recurrente en su accionar y esto no representa un inconveniente en EEUU a juzgar por los millones de votos que recibió en este 2020.

La llamada polarización llegó para quedarse en EEUU. El verdadero desafío para su clase política radica en derribar los muros que los separan: Biden se convirtió en el candidato más votado de la historia, con alrededor de 75 millones de sufragios y Trump obtuvo 70 millones.

Esa polarización es una bomba de tiempo que en clave mediática nos mostró imágenes de ciudadanos armados dispuestos a todo para que su líder Trump gane, otros en franca tensión pulieron sus garras para idear memes, frases o imágenes que usaron el poder demoledor del humor para sentar postura o para irradiar pura violencia. El día 6 de noviembre pasado, Twitter suspendió la cuenta de Steve Bannon, exasesor de la Casa Blanca, por manifestar que le gustaría ver decapitados, al doctor, especialista en epidemiología, Anthony Fauci y al director del FBI, Chris Way. Bannon dijo:  «Yo regresaría a los tiempos de la Inglaterra de los Tudor, pondría las cabezas en las picas, en las dos esquinas de la Casa Blanca».

No es casual cualquier parecido con tácticas utilizadas contra varios países en el mundo:  la quema de personas (caso Neomar Lander-acciones golpistas en Caracas año 2017), incendio de jardines de infantes (Caracas-año2017), agresión, humillación y violencia hacia líderes/as comunitarias (caso Alcaldesa de Vinto- Bolivia año 2019), muertes y daños a la propiedad propiedad pública y privada en nuestros pueblos como en Honduras durante el golpe de Estado contra Manuel Zelaya), la financiación a partidos fascistas de la Media Luna Boliviana y el apoyo explícito  a Añez en Bolivia, etc., devela los métodos gatillados por autoridades estadounidenses para abrir heridas de muerte en los pueblos que luchan por su soberanía y autodeterminación.

Conocer cómo harán para luchar contra la evidente polarización para conseguir gobernabilidad es importante para los estadounidenses pero al resto del mundo, nos interesa conocer, sobre todo, los anuncios de la política exterior estadounidense.

¿Continuará EE.UU. con la Política del Garrote y la Zanahoria? ¿O aplicarán la Política del Buen Vecino?. Biden es quien redactó el documento que firmó Obama en 2015 declarando a Venezuela «amenaza inusual y extraordinaria», que sentó jurisprudencia para la aplicación de medidas coercitivas unilaterales (las llamadas sanciones) y el bloqueo que hoy Trump intensifica contra el país, apoyado por un gobierno elegido a dedo por la Casa Blanca y que encarna Juan Guaidó, quien robó Citgo y Monómeros en una operación de rapiña que el gobierno nacional venezolano denuncia y exhibe con evidencias ante quien quiera oírlo.

En varias ocasiones, Biden ha cuestionado las políticas de Trump hacia Venezuela, las cuales ha calificado de «callejón sin salida».  Según Biden y el Partido Demócrata, el accionar del republicano que ahora deja el sillón presidencial, no ha servido para debilitar o sacar el chavismo del poder, sino por el contrario, lo ha fortalecido.

Biden fue Senador durante 36 años y vicepresidente de la nación durante ocho más en la gestión Obama y tiene  2.000 asesores que trabajan exclusivamente para diseñar su política exterior y de seguridad nacional. Y de entrada, arranca con la directriz de rearmar lo que ha roto Trump, que deshizo la política exterior de Obama. Esto implica: frenar la salida de la OMS, unirse al Acuerdo de París por el clima, revocar el veto migratorio, respetar el acuerdo nuclear con Irán y retomar el diálogo con Palestina, entre otros puntos, uno más urgente que otro.

Pero, por sobre todas las cosas, y ahí radica el mayor peligro para lo pueblos soberanos ricos en recursos naturales, Biden aspira a que su país sea nuevamente el líder moral y económico del mundo. Y en el programa electoral presentado ha dicho cómo lo hará: «El mundo no se organiza solo. Si no damos forma a las normas e instituciones que gobiernan las relaciones entre naciones, otra nación llenará el vacío. Si no, el caos será el resultado». El mismo caos que EEUU mostró al mundo al demorar la publicación de los resultados electorales. Un caos que detona lo externo para que no se sospeche lo explotado que está todo adentro.

Con todos estos elementos sobre el tablero geopolítico, el gobierno del Presidente Nicolás Maduro muestra su diplomacia cargada de cautela en el saludo de felicitación a las flamantes autoridades estadounidenses electas. Para quien lo haya olvidado o quizás, lo desconozca, drones que explotaron en un mítin al cual asistía el mandatario venezolano en 2018, la Operación Gedeón el año pasado, una incursión mercenaria auspiciada por Juan Guaidó y coordinada por el ex marine estadounidense Jordan Goudreau con anuencia de la Casa Blanca, la reciente explosión el mes pasado de en una instalación petrolera Amuay, recuerdan a los venezolanos la importancia de estar alertas y unidos ante la posibilidad de que se creen en el país nuevos escenarios de crisis, desestabilización y caos que justifiquen la intervención de fuerzas externas.

Huele un poco a viejo con amenaza de lo nuevo.

Marcela Heredia