Análisis · Hinterlaces
Oscar Schémel 6 min de lectura Venezuela / Discurso político / Diáspora

El 19 de abril de 2026, cientos de venezolanos se congregaron en la Puerta del Sol de Madrid para recibir a María Corina Machado. La líder opositora, Premio Nobel de la Paz, recibía la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid. En ese escenario, el cantante Carlos Baute arengó a los asistentes con una frase: «¡Fuera la mona!». Cientos de personas la corearon. El blanco era Delcy Rodríguez, la presidenta encargada de Venezuela, mujer mestiza de origen popular, la primera en ejercer ese cargo en la historia del país.

La pregunta que ese momento quedó suspendida en el aire no es menor: ¿Puede un movimiento que dice luchar por la libertad reproducir el mismo lenguaje que históricamente han usado las élites para excluir y humillar al pobre?

Estudios cualitativos de Hinterlaces revelaban ya al inicio de la Revolución Bolivariana que las reivindicaciones materiales se mezclaban profundamente con las demandas de respeto y reconocimiento de los sectores populares.

«Los que están allá arriba aprendieron a respetarnos, saben que nosotros con la ayuda que tenemos del Gobierno y del Presidente podemos ser mejores que ellos, porque ellos cuando están allá arriba lo miran a uno como una cucaracha… y yo creo que eso lo hizo la igualdad, porque todos somos hijos de Dios y todos somos hermanos.»
«Es que antes no existíamos. Nadie nos tomaba en cuenta para nada. Lo más importante que se ha conseguido es el respeto. Ahora tenemos esperanza, tenemos una oportunidad, tenemos porqué luchar.»

Una amplia encuesta realizada por el Banco Mundial le preguntó a 60.000 pobres de 60 países: ¿QUÉ ES LO QUE MÁS DUELE DE SER POBRE? Los pobres se quejaron de sus carencias materiales, pero dijeron que lo que más les dolía de su situación era «LA MIRADA DE DESPRECIO».

Una palabra con historia

«Mona» no es un insulto aleatorio ni una ocurrencia de una tarde de primavera. Es una pieza reconocible de un repertorio racista con décadas de uso documentado en Venezuela. Entre 2002 y 2013, medios privados venezolanos utilizaron expresiones similares: «ese mono», «marginal», «chaburro» para referirse a Hugo Chávez, cuyo fenotipo afroindígena lo convertía, a ojos de ciertos sectores, en blanco legítimo de la discriminación.

El análisis académico publicado por Sinpermiso describe esas representaciones como expresiones de «un inveterado desprecio racista hacia la gente de ascendencia africana». El artículo sobre racismo en Venezuela de Wikipedia también documenta que desde sectores de la oposición «se hizo común el uso de insultos como «monos» y «muertos de hambre», así como otros de tintes racistas y clasistas».

Lo que ocurrió en Madrid no fue una excepción. Fue la continuación de un patrón.

Ese patrón hunde sus raíces en la colonia. Venezuela, como el resto de América Latina, construyó sus jerarquías sobre el color de la piel que nunca fue del todo desmantelada.

El mismo código reapareció con Evo Morales en Bolivia en 2019 y con Pedro Castillo en Perú en 2021. Cuando las élites perciben que alguien ocupa el lugar que consideran suyo, el vocabulario colonial regresa con una fuerza que no logran disimular.

Violencia simbólica, doble carga

Llamar «mona» a Delcy Rodríguez no es simplemente un insulto grosero. Es un acto de violencia simbólica con dos dimensiones que el derecho internacional de los derechos humanos reconoce y prohíbe.

La primera es racial. Comparar a una persona afrodescendiente con un animal viola el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y contradice la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial. El discurso de odio racista no requiere una acción física para producir daño. Degrada, excluye y normaliza la idea de que algunas personas merecen menos protección, menos respeto, menos humanidad.

La segunda dimensión es de género. Rodríguez es la primera mujer en ejercer la presidencia venezolana. Atacarla con lenguaje ofensivo en un espacio político masivo es también violencia política de género. El mensaje implícito es que una mujer mestiza en el poder es una anormalidad que debe ser expulsada.

La Embajada venezolana en España lo nombró con precisión en su comunicado: «violencia política basada en misoginia y racismo» y «acto de deshumanización», según recoge Alba Ciudad. No es retórica diplomática, es una caracterización jurídicamente pertinente.

El rechazo necesario, pero insuficiente

María Corina Machado reaccionó al día siguiente. En declaraciones a EFE recogidas por El Diario, afirmó: «Jamás se escuchará en mi boca una palabra o una expresión que juzgue o descalifique a una persona por su religión, por su género o por su raza». El rechazo es necesario. Pero es insuficiente.

El daño estructural que produce el discurso de odio no se repara con una declaración a posteriori. El insulto ya fue coreado por cientos de personas, amplificado desde un escenario con micrófono y circuló en redes durante horas antes de que hubiera ninguna respuesta.

La reacción del PP fue el silencio institucional. Manuela Bergerot, de Más Madrid, e Isa Serra, de Podemos, exigieron a Ayuso una condena que no llegó, según informó La Sexta. Ese silencio también habla, legitima por omisión.

Una democracia que no puede permitirse este lujo

El lenguaje deshumanizante no es un accidente. Es el síntoma revelador de una jerarquía racial y social no resuelta que atraviesa la sociedad venezolana desde la colonia.

Cuando aflora en un acto político, sin corrección en tiempo real y sin consecuencias, dice algo sobre la cultura política que lo tolera. La democracia que Venezuela merece no puede construirse sobre el desprecio a quienes tienen la piel equivocada y son pobres.

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Oscar Schémel

Analista político y de opinión pública venezolano. Presidente de Hinterlaces, empresa especializada en estudios de percepción social y tendencias políticas.