Ante un nuevo escenario político en Venezuela, Felipe Capozzolo, presidente de Fedecámaras destaca que el empresariado nacional debe pasar de una cultura de «reparto de la renta petrolera» a una visión enfocada en la productividad y competitividad.
Durante su participación en el programa Análisis Situacional al presidente de Hinterlaces, Oscar Schémel Capozzolo afirma que el venezolano ha cambiado su relación con el Estado.
A su juicio el agotamiento del modelo rentista no solo colapsó las finanzas públicas, sino que obligó a una reconfiguración de la identidad nacional.
«Esta claro que debemos avanzar de una cultura extractivista a una productiva», dijo a vez que aseguró que debe haber una inversión constante.
Este «pragmatismo», como lo denomina el dirigente gremial, es el combustible de una nueva clase empresarial que ha desarrollado «músculo» al calor de la hiperinflación y la pandemia.
La empresa privada como factor de movilidad social
Uno de los puntos más agudos del análisis es la propuesta de la empresa privada como el principal vehículo de movilidad social. Fedecámaras plantea un giro de 180 grados, «la riqueza no debe ser distribuida por decreto, sino generada a través del empleo bien remunerado. Para ello, el Plan Nacional de Inversión y Empleo se apoya en la formación técnica, la tecnología y la vocación exportadora», dijo.
La mención al acceso tecnológico como factor transversal es crucial. Capozzolo advierte que sin una actualización digital y técnica, las pymes venezolanas seguirán aisladas de la competitividad regional. Aquí, el papel del Estado no desaparece, pero se transforma. «Debe dejar de ser el actor hegemónico para convertirse en el garante de una «institucionalidad» que facilite la inversión y no que la castigue con cargas tributarias asfixiantes o servicios públicos deficientes», dijo.
El analista aborda con honestidad la «palabra mágica»: el petróleo. La madurez del discurso empresarial actual radica en reconocer que, si bien el crudo es la vía rápida para estabilizar la caja nacional, no puede volver a ser el centro de la política.
«El reto planteado es la despolitización de la industria petrolera, utilizándola únicamente como un detonante para financiar cadenas productivas diversificadas, especialmente en el sector agroalimentario y de proteínas, donde Venezuela muestra signos de ventaja comparativa», dijo.
Asegura que el futuro de Venezuela depende de un «baile» equilibrado entre el Estado y el individuo. La paz política se presenta no como un ideal romántico, sino como una condición técnica necesaria para el desarrollo humano y económico.
Cierra con un análisis hacia los jóvenes asegurando que el empleo tradicional está cambiando, y la nueva fuerza laboral debe insertarse en estructuras más flexibles y tecnológicas. Describe a una Venezuela que ha aprendido de sus traumas y que, liderada por un sector privado renovado, intenta construir una prosperidad basada en lo que sus ciudadanos son capaces de hacer, y no solo en lo que su subsuelo es capaz de entregar.









