Leopoldo Puchi
Leopoldo Puchi / Día a Día

Una vez conocidos los resultados electorales de Bolivia, es de interés interrogarse sobre la repercusión geopolítica que tendrán en la región y, en particular, los efectos de ese proceso en la confrontación en curso entre Washington y Caracas.

En lo que se refiere a la región, hay que destacar que en los últimos lustros numerosos países, tanto en Centroamérica como en Suramérica, se han ido distanciado de la forma subordinada en que se encuentran insertos en el dispositivo geoestratégico estadounidense.

Son desplazamientos con avances y retrocesos, muchas veces solo en el campo comercial, aprovechando la ausencia de inversiones estadounidense y la expansión comercial de China. Un contexto en el que la doctrina Monroe dejó de invocarse con la fuerza de la Guerra Fría, hasta que Donald Trump la reivindicó de forma explícita como principio básico de su política exterior en el continente.

DISTANCIAMIENTO

También el distanciamiento se ha dado en el discurso y las posiciones políticas sobre conflictos en el hemisferio y otros puntos del planeta, tratados comerciales y políticas económicas a seguir.
Sin embargo, con la excepción de Venezuela, y poniendo a Cuba aparte, ese distanciamiento no se ha convertido en separación o ruptura con la órbita de pertenencia tradicional. 

Ha habido cambios en otras esferas, distintas a la geopolítica, que en muchos casos han tenido gran profundidad social como en Bolivia, que ha debido enfrentar mentalidades y prácticas de las relaciones sociales de la época colonial. También destaca el esfuerzo regional por la distribución de la riqueza, fin de muchos privilegios clasistas y ascenso simbólico de las clases populares.

FANB

Pero la particularidad de Venezuela es que, más allá de los cambios internos, ha tenido lugar un proceso de separación del dispositivo estadounidense que ha sido profundo, incomparable con lo ocurrido en otros países, aunque se ha dado de forma progresiva.

Además, esa ruptura se ha producido en un área neurálgica para el sistema internacional, el de la institución militar, una de las bases constitutivas de todo Estado, con un rol fundamental en las correlaciones de fuerza entre países. Lo mismo ocurre con sus aparatos de seguridad y contrainteligencia
Los cambios políticos en el continente, en una u otra dirección, no han implicado cambios acentuados en la ubicación geopolítica y menos aún en las fuerzas armadas. Sea Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia, independientemente de los cambios políticos, han permanecido básicamente en el mismo eje y con las mismas fuerzas armadas.

En Venezuela existen unas nuevas fuerzas armadas, distintas, que se han ido transformado a lo largo de tres décadas, en parte como diseño y también por la propia conducta puntual de Washington, que se expresó en la negativa de reposición de equipos de la Fuerza Aérea.

En todo caso, una nueva doctrina militar, en la que no cuadra la pertenencia de Venezuela al dispositivo de EEUU, otros equipamientos y valores han sustituido a los anteriores. Ese es el hecho concreto y parte esencial del nudo del actual conflicto.

NEGOCIACIONES

La separación geopolítica de Venezuela y la existencia de esa fuerza armada no ha sido aceptada por la dirigencia estadounidense, porque la consideran contraria a su estrategia de seguridad y a sus objetivos como potencia mundial. 

A los ojos de cualquier observador inadvertido, ese sería un asunto menor, dada la superioridad militar de EEUU. Pero las potencias son así, todas, y brindan importancia a esos asuntos, al punto de tomar acciones extremas como las sanciones petroleras que afectan a poblaciones enteras.

Seguramente, esté Donald Trump o Joe Biden en la casa Blanca, el objetivo estratégico en relación a Venezuela continuará siendo el mismo, aunque los métodos pueden variar.

El cambio en Bolivia debilitará presiones y contribuirá a que puedan entablarse negociaciones entre los dos países en pugna para llegar a acuerdos de cooperación en un marco distinto a la doctrina Monroe.

Leopoldo Puchi / Cortesía El Universal