De entrada toca decir que mezclar temas de salud con la política, en este momento, puede resultar moralmente cuestionable. No obstante, desde la óptica del más descarnado realismo político, sabemos que la disputa por el poder ha estado presente incluso en los momentos más dramáticos de la humanidad. Los momentos de tregua, cese de hostilidades o acuerdos en situaciones críticas han sido más bien excepcionales, vale decir, en momentos de turbulencia política el conflicto ha sido la norma y los acuerdos la excepción.

La carrera farmacéutica por encontrar la vacuna al Covid-19 es parte de la disputa geopolítica de las superpotencias, como alguna vez lo fue la carrera armamentística o la carrera espacial. La “guerra de precios” en el mercado petrolero es otra manifestación del juego político en este momento. Asimismo, en medio de la pandemia, los gobiernos autoritarios aprovechan los estados de excepción y cuarentena para tomar represalias contra sus adversarios y las oposiciones en Estados democráticos responsabilizan a sus gobiernos por los problemas en los sistemas sanitarios. Los euroescépticos culpan a los migrantes y los europeístas reclaman soluciones globales. Las derechas tienden a priorizar la reactivación económica y las izquierdas tienden a enfocar el problema de la pandemia y la salud desde el punto de vista de clase. En efecto, analistas de las más variopintas tendencias apuntan a que la crisis del coronavirus incidirá en un importante rebalanceo del poder mundial y un factor de corrección de los mercados globales. En fin, hoy podríamos decir que la pandemia es la continuación de la política por otros medios.

Ahora bien, la disputa política en Venezuela no escapará a esta dinámica política general. La reciente llamada telefónica entre Donald Trump y Vladimir Putin es elocuente al respecto. Según la minuta de esta llamada, publicada tanto por el Kremlin como por Washington, la agenda de la conversación giró sobre tres tópicos: el Covid-19, el petróleo y Venezuela. Esto nos ayuda a dimensionar el lugar que puede estar ocupando el conflicto político venezolano en la agenda mundial. Es importante destacar que Venezuela fue el único punto en donde hubo discrepancias entre ambos mandatarios. Esto sin duda apunta a un escalamiento del conflicto nacional.

En esta dirección, los recientes anuncios del Departamento de Justicia, acusando de narcotráfico y colocando precio a la cabeza de los cinco hombres más importantes del chavismo, junto con las declaraciones de Pompeo sobre un acuerdo para la transición en Venezuela, se inclinan por una agenda de conflicto. Por su parte, el gobierno, frente a la inminente amenaza, aumenta la política represiva, el control social y apela a diferentes estrategias para mantener la cohesión interna del chavismo.

Se debe precisar que el recrudecimiento del conflicto se propicia justo cuando importantes figuras de Occidente, entre ellos, el Secretario General de las Naciones Unidas Antonio Gutérres, la Alta Comisionada para los Derechos Humanos Michelle Bachelet, Josep Borrell Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y el Vaticano promovían una flexibilización de las sanciones y acuerdo humanitario en Venezuela frente a la pandemia.

Para la oposición, especialmente aquella que se inscribe en el llamado “gobierno interino”, la política exterior de los Estados Unidos sobre Venezuela se ha convertido en su principal sostén y fuente de financiamiento. En consecuencia, la política exterior de los EEUU pasa a ser automáticamente la política interna de los partidos que conforman la estructura “interina”. Es decir, el “gobierno interino” y el gobierno de los Estados Unidos no mantienen una relación de aliados políticos, sino un tipo de intercambio de una naturaleza diferente. Por ello, ese sector de la oposición venezolana asume sin cortapisas el “plan Pompeo” para la transición venezolana. Aun cuando esto ha obligado a algunos de sus voceros más independientes a retractarse de declaraciones donde asomaban algunas propuestas políticas disonantes con la actual línea política de EEUU.

Leopoldo López, Uno de los más importantes dirigentes de la coalición política opositora del “interinato”, escribía un artículo en donde coloca la salida de Maduro como prerrequisito para la atención a la pandemia. A diferencia de quienes buscan un acuerdo que permita priorizar la atención a la pandemia y postergar el pulso político, Leopoldo López propone, en consonancia con los EEUU, priorizar la salida de Maduro para después atender la crisis. Más allá de los juegos retóricos de la política, es claro que en la ecuación que hacen los EEUU para la transición venezolana, está presente el potencial colapso que pudiera ocasionarle al país la propagación del virus en el contexto de precariedad sanitaria, pobreza y escasez de combustible en Venezuela.

Sin duda, el gobierno de Maduro se encuentra en una situación extraordinariamente crítica y la pandemia le plantea dilemas sumamente difíciles de sortear. La escasez de combustible hace difícil el transporte de alimentos a las grandes ciudades, la estrechez en el flujo de caja, la caída de los precios del petróleo y los “overcompliance” de las sanciones dificultan la adquisición de alimentos, el estado de deterioro general del sistema de salud pública lo hace fácilmente desbordable y la caída del poder adquisitivo de los ciudadanos hace casi imposible mantener mucho tiempo medidas de aislamiento social.

Desde la perspectiva de los EEUU y la oposición venezolana, cualquier chispa pudiera desencadenar una transición en Venezuela. Al fin y al cabo, grandes rebeliones, insurrecciones, revoluciones y golpes han sido desencadenados por pequeños acontecimientos. Tal es el caso de aquel vendedor de frutas llamado Mohamed Bouazizi que decidió volcarse un bidón de gasolina e incendiarse, produciendo una enorme indignación en la población de Túnez y desencadenando uno de los episodios de la llamada “primavera árabe”. Podríamos recordar como un pronunciamiento mal calculado, por parte del miembro del Poliburó del Partido Comunista Alemán, Gunter Schabowski, produjo una enorme aglomeración pública que terminó con el derribamiento del Muro de Berlín. Asimismo, echando mano de la memoria, recordaríamos la insurrección irlandesa, luego del ajusticiamiento por parte de Inglaterra de los miembros de la fallida “rebelión de Pascuas” y la ocupación de Dublin por parte de los “The Black and Tans”.

Ninguno de los episodios anteriormente mencionados constituyó verdaderas causales, sino que fueron catalizadores de malestares colectivos más profundos, que cobraron cuerpo en la psicología de masas. Esos acontecimientos solamente vehiculizaron emociones de indignación, ira, molestia, deseos de cambio, imaginarios y sentidos comunes en la psiquis colectiva, pero fueron expresión de complejas correlaciones de fuerzas dentro de la sociedad. En este sentido, los EEUU y la oposición esperan que las angustias y malestares generados por la pandemia, adicionales a los que vive generalmente el promedio de la sociedad venezolana, impulse algún tipo de levantamiento civil y/o militar, que rompa la autoridad implícita del chavismo en el poder. Este mismo razonamiento estuvo presente en el intento fallido de golpe de Estado realizado en abril del 2019.

En el famoso modelo de “intereses dobles”, trabajado por el especialista en negociaciones Llamazares García-Lomas, hace énfasis en el papel de la autopercepción fuerzas y la percepción sobre el adversario, en los procesos de negociación. Es evidente, en los términos propuestos en el “plan Pompeo”, que los EEUU asumen que el chavismo se encuentra totalmente acorralado. Por ello, le pide que entreguen a sus cinco líderes más importantes, a cambio de dos puestos en un hipotético Consejo de Estado, que obviamente estaría dirigido por opositores cercanos a la línea norteamericana. El “plan Pompeo” se basa en términos de rendición para el chavismo.

¿Es posible que los EEUU y la oposición estén partiendo de una sobrestimación de las fuerzas propias y una subestimación del chavismo? ¿Pueden los EEUU equivocarse en la identificación de los intereses de las fuerzas políticas del chavismo y estar mandándole los estímulos equivocados? ¿Estarán interpretando mal las posibles reacciones de la población venezolana ante una situación de agravamiento de las precariedades? Es cierto, que los acontecimientos políticos disruptivos suelen ser impredecibles. En agosto de 1989 nadie hubiera creído posible la caída del Muro de Berlín, en el 2013 nadie hubiera dado un centavo a las “primaveras árabes”. No obstante, en febrero del 2019 pocos hubiesen apostado a que el gobierno de Maduro estaría en el poder para abril del 2020.

En primer lugar, los estudios socioemocionales a la población venezolana sugieren bajos niveles de irritabilidad y altos niveles de depresión, frustración y apatía. Hay un enorme hastío por la política y cada día más segmentos de la población se refugian en estrategias de sobrevivencia privada y familiares, mientras que abandonan paulatinamente la política. Las organizaciones de la sociedad civil han perdido fuerzas y se encuentran bastante disminuidas. Después del 30 de abril al liderazgo opositor le ha costado mucho retomar las movilizaciones y coordinar actividades masivas.

En segundo lugar, la estrategia de condenar a los cinco líderes más importantes del chavismo busca elevarle el costo de salida a la cúpula mientras que incentiva a cuadros medios para promover una fractura interna. Sin embargo, el chavismo ha demostrado una enorme capacidad de cohesión. En este momento, el gobierno de Maduro aumenta el control social sobre la población, activa un plan de contingencia y esta alerta de cualquier movimiento interno. Aunado a esto, los mensajes contradictorios que manda Estados Unidos al apresar al Pollo Carvajal y a Cliver Alcalá genera un clima de mayor desconfianza de los cuadros medios, civiles y militares, hacia algún acuerdo de transición. Por último, mientras los gobiernos del mundo tuvieron que enfrentarse al dilema de apagar la economía vs enfrentar la pandemia, para Maduro no fue difícil apagar la menguada economía venezolana y tomar medidas extremas de cuarentena para evitar su propagación. Esto pudiera generar una situación de mayor control epidemiológico en el país, aunque aún le quedan muchas cosas por hacer, Maduro parece haber actuado de manera correcta en este punto.

Es tercer lugar, todo apunta a que China, aprovechando ser uno de los países menos afectados por el coronavirus, pudieran volcar su política exterior hacia esquemas más expansivos y ambiciosos, mientras los Estados Unidos y Occidente en general, pasen a esquemas defensivos y de contención de la influencia China. En este sentido, pudiera estarse prefigurando un nuevo acercamiento a las relaciones con Venezuela, que se habían “enfriado” últimamente. Por su parte, Rusia ha encontrado un negocio lucrativo en Venezuela (y por ahora no hay síntomas de que desee soltarlo), tanto como proveedor de equipamiento y asesoría militar y como operador de triangulaciones petroleras y financieras.

En conclusión, siempre existirá la posibilidad de “que esta vez si” se le salga de las manos la situación al chavismo. No obstante, también existen altas probabilidades de que volvamos a vivir un “choque de trenes”, en el que cada bando use la pandemia como “teatro de operaciones”, se profundice el empate catastrófico, se aumente sustancialmente el ya lamentable estado de la sociedad venezolana y no se logre destrabar el juego político. Es posible que los EEUU (¿y la oposición?) deban rediseñar sus esquemas de presiones e incentivos y repensar los términos de la negociación propuesta, incluso, tal vez sea momento para revisar más a fondo y cambiar el enfoque sobre Venezuela.

Damián Alifa, sociólogo