Los enemigos que acechan el diálogo y la búsqueda de la paz en Venezuela

Las imágenes de los cuerpos de afganos cayendo desde el Boeing estadounidense que despegó de Kabul hace unos días hicieron la comprobación histórica a la reflexión de Eduardo Galeano, «cuando Estados Unidos ‘salva’ a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio».

Joe Biden lo refrendaría días después. Nunca estuvo en los planes convertir a Afganistán en una nación o una democracia unida. Su único interés era la «lucha contra el terror», o, en una traducción más honesta, la necesidad de alimentar su voraz aparato armamentístico mientras avanzaban en su intento por recuperar influencia mundial.

En paralelo a estas sombras, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela y quien encabeza la misión de diálogo con la oposición del país, informaba que al menos la estrategia de la corporatocracia militar para convertir en un cementerio la nación suramericana había fracasado.

Sin embargo, la frase de Galeano continúa allí. Y al usarla como tamiz para mirar los años del asedio contra Venezuela, es imposible dejar de pensar que las acciones de aquellos que se encuentran en los ejercicios de diálogo deben ir dirigidas a terrenos más difíciles de abordar que la sola diatriba electoral o económica.

Desprenderse del estigma para entender la estrategia

Los atletas olímpicos lo han puesto sobre el tapete. La salud mental ya no es un tema tabú que deba esconderse y mucho menos deslizarse bajo la mesa. Ya sea por prejuicios o estigma, hemos considerado que aquello que no nos permite una vida plena y que forma parte del mundo más íntimo, debe ser silenciado, relegado a los consultorios de psicólogos y psiquiatras. El asunto merece una revisión.

Cuando lo evaluamos desde el punto de vista de la esfera política, tenemos ejemplos por doquier. Uno de los más escabrosos y recientes, tiene que ver con la declaración tácita de que la utilización de «sanciones económicas», no pretenden sino «generar dolor» en la población civil con el fin de doblegar políticamente a los liderazgos contrarios.

El canciller de Venezuela, Jorge Arreaza, consignó ante la Corte Penal Internacional el libro El arte de las sanciones de Richard Nephew, asesor de los Gobiernos de Obama y Biden, como prueba de que «el interés nacional de Estados Unidos» siempre estará por encima del sufrimiento de las naciones consideradas objetivos militares.

Dicho enfoque de sufrimiento fue parte del léxico y las herramientas empleadas por Estados Unidos, desde la llegada de la revolución bolivariana al poder. Sin embargo, con el ascenso de Nicolás Maduro a la Presidencia, la política de presión tomó rumbos tenebrosos.

Uno de ellos, la noción de cerco y asfixia para estrangular las capacidades del Gobierno y de la sociedad venezolana para brindar bienestar a sus ciudadanos.

Tal y como lo definiría Craig Faller y Elliot Abrams, operadores políticos y militares del Pentágono, solo se necesitaba de cierta «paciencia estratégica» para cosechar resultados ante tal política de agobio y cansancio. Hay valiosos esfuerzos para no olvidar las acciones emprendidas en la desestabilización de Venezuela. Quizá las tácticas de sabotear la economía han sido las más visibilizadas, pero el daño hecho a lo profundo de la psique de la sociedad continúa sin la atención merecida.

No fue azar el que la estabilidad emocional de los venezolanos se volviese un botín de guerra.

Max Manwaring, profesor del Instituto de Estudios Estratégicos del Ejército de los Estados Unidos, al dar aportes en cuanto a cómo agredir a Venezuela, consideraba que lo ideal era una guerra no convencional, pues este tipo de conflicto «es principalmente psicológico-político y está dirigido al terreno humano, más que al territorio geográfico». A su parecer, el «centro de gravedad primario» no es militar, sino fundamentalmente de «opinión pública y liderazgo». Tal y como lo expone Manwaring, la guerra multidimensional «está dirigida a explotar las vulnerabilidades de sus adversarios y a sus preceptos psicológicos».

Del diálogo y la reparación de nuestra sociedad

Venezuela ha sido víctima de un asedio con impacto a todos los niveles. El Centro de Investigación Económica Política publicó un informe donde se calcula que al menos 40.000 personas han muerto por razones asociadas a las sanciones económicas (y esto antes de la pandemia, donde se boicoteó el acceso a los recursos para acceder a vacunas).Cuando se lee el memorando de entendimiento entre el Gobierno y las fuerzas de oposición, podemos evidenciar que existen aspectos de suma importancia para la reconstrucción del tejido social. El levantamiento de las sanciones y, por sobre todas las cosas, un llamado a la convivencia política y social, la renuncia a la violencia y la reparación de víctimas figuran como puntos de honor.

Pero ¿qué significa exactamente este llamado de convivencia política y social? ¿Qué clase de forma de violencia tenemos que vigilar?

Aquí no se trata sólo de considerar las violentas protestas callejeras (conocidas en Venezuela como guarimbas) como formas de agresión, tal como ocurrió en 2014 y 2017; el intento de magnicidio en grado de frustración, contra Maduro en agosto de 2018; los llamados a un golpe militar en abril de 2019 o la incursión paramilitar en las costas venezolanas con mercenarios, como en el caso de la Operación Gedeón en 2020. Se trata de formas de violencia más sutiles, permanentes e invisibles, que buscan derrotar no al Gobierno venezolano, sino a Venezuela como sociedad.

El bienestar económico o la prosperidad del país, no vendrá únicamente con el levantamiento de las sanciones. Debe venir con el fin de una política de exacerbación de odio y diferencias que ha sido impulsada sistemáticamente a través de los medios masivos de difusión y las nuevas tecnologías de la información.

La amenaza más importante que deberán enfrentar estos esfuerzos de diálogo serán los enemigos de la reconciliación y la paz venezolana. Anular la matriz de estos peligrosos grupos cuya ideología radica en la consideración de que «el chavismo no debe existir».Victor Asal, académico de la Universidad de Albany, opina que si se quiere luchar contra la incubación de la semilla de la violencia, identificar y neutralizar las ideologías que inciten al odio es una de las tareas prioritarias de los Estados.

«Creemos que la razón para esto es que cuando tienes un determinado tipo de ideología, eres capaz de pensar sobre la gente de un modo diferente. Así que hay ideologías que te permiten discriminar a los demás como ‘los otros’. Si yo veo el mundo, si mi ideología me permite ver el mundo dividido entre mi lado y el tuyo. Mi lado es el bueno, el tuyo es perverso. Entonces, seguramente, lo que va a ocurrir es que si tú eres perverso, es mucho más fácil matarte».

Un buen ejercicio para avanzar en esta dirección es que los actores comprometidos con la reconciliación y la paz de Venezuela acuerden un programa para la desradicalización de nuestra sociedad. Hay modelos que pueden servir para avanzar en este sentido, el de Contención de la Violencia Extremista es uno de ellos. La meta sería aprovechar cada espacio de acuerdo y no sólo poner la economía sobre la mesa, sino el alma del país y decirnos con sinceridad y compromiso qué se puede hacer para reparar el daño y cerrar la puerta a todos los que convirtieron el odio en su máquina de hacer dinero. De otro modo, la paz conseguida mediante meros acuerdos electorales y económicos no será más que una tregua, quizá una muy breve.

José Negrón Valera / Cortesía Sputniknews.com