A pesar de lo que te hayan enseñado, no, el capitalismo no forma parte de la naturaleza humana ni ha estado allí desde siempre. Una consideración que para muchos puede sonar obvia y lógica, a otros les parece herejía.

Si en algo se ha esforzado con mucha fuerza la doctrina liberal, es que el sentido común de los individuos baile al ritmo que sus narrativas les tocan. Así vemos que tiene mucha más prensa la frase el socialismo ha fracasado que una mucho más pertinente.

¿Y dónde ha triunfado el capitalismo? Si partimos de la idea de que los objetivos del sistema capitalista no son proveer bienestar a la mayor cantidad de personas, entonces sí. Podemos decir, sin dudarlo, que ha sido un éxito.

Sin embargo, por estos tiempos, donde los cálculos de los estudiosos ambientales nos dan apenas una década para hacer correctivos al voraz sistema global de consumo o de lo contrario enfrentaremos la extinción de la especie, el capitalismo luce más soberbio que nunca y además ha optado por una tendencia preocupante. Ha dejado de esconder lo que llaman en economía externalización de las pérdidas. Es decir, ahora guardar las formas ya no es prioridad.

Te lo digo en tu cara

Si nos paramos en la lógica del aparato financiero y militar de Occidente, tendríamos que admitir que ya no queda tiempo para las sutilezas. Los cálculos son correctos y pues, no podemos ahogarnos en entablar largos tratados económicos o diplomáticos para imponer las condiciones económicas y militares en otros países. Hoy, simplemente, decidimos dar golpes de Estado e imponer presidentes sin que necesitemos siquiera una reunión en el Consejo de Seguridad. O dicho de otro modo, la obsolescencia programada saltó de los aparatos electrónicos al sistema de derecho internacional.  

¡Oigan, dejen el escándalo! Vemos todos los días peores cosas en televisión, en las pantallas de nuestros celulares, dirán. Claro que la mayoría de lo que presenciamos son ficciones producidas por el monopolio que carteliza el 90% del contenido que se produce y distribuye a través de los medios digitales. Un ‘entretenimiento’ que no solo anestesia, sino que siembra en los corazones la idea de que es imposible cambiar las cosas.

Nada más hoy, mientras estas reflexiones se escriben, dos noticias iluminan el camino de dicha decadencia.

De la moneda y el narco

Por un lado, vemos cómo el país que ha destrozado con bombas y golpes de Estado otras naciones acusándolas de no ser «lo suficientemente democráticas» cuenta con un sistema electoral que permite elegir candidatos lanzando una moneda. Iowa es la cumbre más alta del modelo democrático occidental. Ni Platón ni Aristóteles se atrevieron a tanto.

Sin dejar que nuestra sorpresa decayera y quién sabe si para abofetear la parálisis del mundo. El comandante del Ejército colombiano expresa sus condolencias por la muerte de uno de los asesinos más despiadados de Latinoamérica.

Dejemos atrás el debate que han dado Estados Unidos y Colombia, donde se acusan de ser los primeros consumidores y productores de cocaína del mundo, respectivamente, y concentrémonos en la gravedad de que un militar que se supone tiene la responsabilidad de brindar seguridad a toda una nación haga una apología de esta magnitud. 

¿Qué debemos esperar mañana? ¿Qué Iván Duque decrete un funeral de Estado para alias Popeye?

Pero, de qué nos habla el gesto del comandante en jefe. ¿Acaso Popeye no se convirtió en una celebridad mediática mundial?, argumentará en su descargo.

Portales de derecha e izquierda le dedicaban grandes reportajes, hacían documentales sobre turismo negro, publicitando sus asesinatos como si el dolor de las víctimas fuese una simple atracción ferial. El capitalismo gore, como lo denominó la mexicana Sayak Valencia, lo hizo un referente para todas las edades. ¿Qué niño latinoamericano que está expuesto a la divinización del sicario Popeye está exento de creer que ese es el modelo a seguir?

Vender el fin

Para los grandes pensadores del capitalismo del desastre, la alabanza de Popeye y la moneda de Iowa son exhibicionismos innecesarios que pueden ser evitados.

¿Cómo funcionaría entonces el mercadeo de apocalipsis?, preguntarían los aprendices menos aventajados. Atendamos un caso específico. La Federación Iberoamericana de Asociaciones de Personas Adultas Mayores elaboró un informe en el 2015 donde expresaba que en nuestra sociedad estaba ocurriendo «una dinámica entre la gerascofobia, el miedo a envejecer, y la gerontofobia, que es el desprecio irracional a los viejos». Dicha Federación alertaba que «la sociedad de consumo desplaza por inercia a los que no consumen. Y los adultos mayores forman parte de este grupo marginado que, contradictoriamente, va creciendo en relación a otras franjas etarias, de acuerdo a datos estadísticos».

El reporte plantea una pequeña dificultad para el ya inestable sistema capitalista. No se preocupen, hablaran los expertos.

Christine Lagarde, quien fue presidenta del Fondo Monetario Internacional hasta el 2019, ya venía advirtiendo sobre esa gente que ya no produce ni consume y que genera «presiones financieras sobre los que sí lo hacen». Los técnicos del FMI son propensos a fomentar la pelea de perros intergeneracional.

En el 2012, Largarde explicaba que las «personas que viven mucho» a la larga «representaba un riesgo para la economía mundial».  

La número uno del FMI recomendó lo habitual. Subir la edad de jubilación cuanto se pudiera y «cruzar los dedos por que la gente muriera antes de cobrar la pensión«. Lo admitimos, el último entrecomillado es nuestro. Ella no usó esos términos. Escogió algo más elegante y adecuado para los alfombrados auditorios de la élite global:

«Las implicaciones financieras de que la gente viva más de lo esperado [el llamado riesgo de longevidad] son muy grandes. Si el promedio de vida aumentara para el año 2050 tres años más de lo previsto hoy, los costos del envejecimiento —que ya son enormes— aumentarían 50%. El riesgo de longevidad es un tema que exige más atención ya, en vista de la magnitud de su impacto financiero y de que las medidas eficaces de mitigación tardan años en dar fruto» expresó en un informe al que le quitaron todos los filtros.

Si no estuviéramos un tanto apurados por las presiones que ejercen las condiciones ambientales, seguiríamos la recomendación de Lagarde. Pero, ¡hay que tomar medidas!, casi escucho decir en alguna tertulia del célebre Club Bilderberg.

Y qué mejor para avanzar en los globos de ensayo, que apelar al lugar que han posicionado como uno de los más progresistas del planeta. ¿Les suena la zona roja y los tulipanes?

Hace unos días, el diario ABC de España publicó una nota en la que se anunciaba que en el Parlamento holandés se debatía ampliamente la posibilidad de aprobar el uso de una pastilla para los ancianos de 70 años que ya estuvieran «cansados de vivir». «El Gobierno holandés acaba de publicar un primer estudio sobre la definición del espectro de población a las que se dirigiría esta pastilla del suicidio, o píldora Drion que podría ser una realidad este mismo año. Los datos que se desprenden de la investigación revelan que, en efecto, existe una parte de la población de más de 55 años que a pesar de estar en buena salud, «tienen un deseo de morir consistente y activo», refiere ABC.

Debemos asumir la complejidad del debate sobre la eutanasia. Desde la propia capacidad y deseo del individuo a tomar decisiones sobre su vida, como de los límites o no que separan al Estado de esa decisión. Sin embargo, en un mundo donde se impone que luego de jubilado eres un coste y no un ser humano, donde ya los individuos de 30 años se sienten inservibles porque no alcanzaron la fama y fortuna a sus veinte, como esos modelos de éxito que vende la industria cultural, ¿acaso no vale la pena preguntar cuánto de libertad y de libre albedrío hay en esas decisiones sobre acelerar la muerte?

Un amigo me comentó a propósito de las señales preocupantes de nuestra época que, si juntamos las decisiones bélicas, el desinterés por los límites del planeta, el fomento de las inequidades, lo único que aflora con nitidez es que parece existir un plan de despoblamiento. 

Hoy, le añadiría… «y de deshumanización». Si ya decretaron el fin de las sutilezas y volvieron anacrónicos los eufemismos, conviene tratar lo que ocurre con la misma crudeza.

Pero además hay que entender, apoyándose en el escritor Howard Zinn, que «nadie es neutral en un mundo que se despedaza».

La tendencia a imponer gobiernos desde Washington no es un problema solo de Venezuela o Bolivia, las matanzas que genera la extracción de coltán no es un asunto nada más del Congo, la destrucción de los Estados nación no es algo que le atañe exclusivamente a Libia o Siria. Se tratan todos de fenómenos que hablan sobre una lógica y una intencionalidad para con el planeta. Esa es la gran e ineludible premisa inicial que debe guiar cualquier esfuerzo de investigación y lucha. La respuesta a este gran acertijo que llamamos crisis global será colectiva o no será.

José Negrón Valera / Cortesía SputnikNews