América Latina
¿Una nueva izquierda para América Latina?

En el año 2015 hubo un brusco cambio en el signo político de países que habían sido gobernados en la última década por coaliciones de centroizquierda. El ascenso por diferentes vías de las derechas fue denominado en algunos círculos intelectuales como el “fin del ciclo progresistas”. Sin embargo, la victoria de López Obrador, el retorno del peronismo, el rápido contragolpe electoral del MAS boliviano y el triunfo en el plebiscito chileno apuntan hacia un rebrote de la izquierda y una Latinoamérica en disputa. Ahora bien, los nuevos gobiernos  y movimientos progresistas parecen incorporar rasgos y planteamientos innovadores, lo que obliga a reflexionar sobre la emergencia nuevos relatos e imaginarios en las izquierdas latinoamericanas.

En el 2018 hubo elecciones generales en México y Brasil, las dos economías más grandes de nuestra región. Brasil seguía la corriente hacia la derechización, mientras que México fue un triunfo a contracorriente. La victoria de Macri en Argentina, la derrota del chavismo en las parlamentarias, el golpe de Estado contra Dilma Rousseff, el triunfo del “No” en el referéndum de paz colombiano, la derrota de Evo Morales en el referéndum por su reelección, el cambio de orientación política de Lenin Moreno y la salida del FMLN  hacían ver a México como un triunfo aislado y a Bolsonaro como el gran referente de un cambio político regional.

No obstante, el llamado “nuevo ciclo conservador” no ha terminado de cuajar en los imaginarios políticos nacionales. En este sentido, Macri vio frustrada sus aspiraciones a la reelección, los gobiernos de Piñera y Moreno se vieron en serios problemas el año pasado debido a movilizaciones sociales, en Colombia el proceso de paz ha continuado su marcha y la izquierda se encuentra cada vez más cerca de convertirse en una opción de poder, mientras que el Centro Democrático vive un descalabro y la popularidad de Duque está en su peor momento.

En esta dirección, es importante destacar que uno de los casos más emblemáticos ha sido el rápido retorno del MAS al poder. En respuesta a un golpe de Estado auspiciado por la OEA, el MAS logra retomar el poder por vías electorales, luego de la instalación de un sórdido gobierno interino de derechas, incurso en episodios de violación de Derechos Humanos, persecución a la disidencia y censura.

Las derechas no lograron conectarse con los sectores populares, no fueron capaces de cumplir con las promesas de cambio y en muchos casos, la judicialización de la política y el revanchismo sustituyeron a la gestión económica y administrativa.  Esta fórmula llevó al fracaso de la derecha argentina y boliviana y está afectando a Ecuador, Chile y Colombia. Por su parte, las izquierdas latinoamericanas están viviendo un momento de renovación profunda, que incluye procesos de revisión y rectificación de los primeros ensayos de este siglo.

Se debe mencionar que López Obrador ha mostrado en términos económicos e internacionales un gran sentido del pragmatismo y manejo de los intereses nacionales. Su audacia en el ámbito internacional le ha permitido mantener acuerdos comerciales con los Estados Unidos, a pesar de los puntos álgidos en materia migratoria y arancelaria de la agenda bilateral y las tensiones con Trump. También ha podido mantener controlada la inflación aun cuando la pandemia y el desplome de los precios del petróleo han colocado a la economía mexicana en aprietos.

Por su parte, Alberto Fernández ha logrado construir un liderazgo particular, al margen de Cristina Kirchner, con mucha personalidad política, se ha convertido en un rostro más amable del peronismo, que invita a la negociación política y al acuerdo con los empresarios. El gran logro de su gestión, hasta ahora, ha sido la capacidad para renegociar la deuda externa y equilibrar intereses contrapuestos dentro de su coalición de gobierno. Sin dudas, el país se encuentra en una situación económica bastante delicada y que tiende a complicarse por la pandemia y las tensiones políticas. Sin embargo, el estilo de Fernández, lejos de hiperliderazgos verticales y tremendismos económicos, ha generado expectativas positivas en importantes sectores de la población argentina.

Por último, el MAS en Bolivia demostró una enorme capacidad de recomposición y renovación de su liderazgo. Hoy, Luis Arce y David Choquehuanca se convierten en una dupla que promete sustituir el liderazgo político de Evo Morales y refrescar el proyecto del MAS. En buena medida, han hecho énfasis en la estabilidad económica, el retorno a la paz, la reconstrucción del acuerdo político y la rectificación de los errores. Evitar revanchismos y aislar a la oposición radical es el gran reto boliviano.

También surgen liderazgos de izquierda en otras partes del Continente. En este sentido, Gustavo Petro y la Colombia Humana, Andrés Arauz en Alianza País, Gabriel Boric y el Frente Amplio chileno, Andrónico Rodríguez y el MAS, Verónika Mendoza y el Nuevo Perú son expresiones de nuevos liderazgos de izquierdas que comienzan a surgir en Latinoamérica como expresión de este segundo ciclo progresista.

Ahora bien, este rebrote de la izquierda latinoamericana parece incorporar elementos novedosos en sus discursos y prácticas. En primer lugar, se marca una ruptura con el personalismo y los hiperliderazgos que caracterizaron algunas experiencias del primer ciclo progresista. En segundo lugar, incorporan en su discurso una revalorización del rol del sector privado dentro de  sus modelos de desarrollo e inclusión social. En tercer lugar, despliegan relaciones diplomáticas basadas en intereses y no en ideologías, buscan insertarse creativamente en las nuevas dinámicas geopolíticas. En cuarto lugar, hacen énfasis en alianzas amplias, en construcción de consensos sociales que ensanchen las bases sociales. Por último, mantienen una relación de “apoyo crítico” y distancia con respecto a algunos gobiernos del primer ciclo progresista.

En general, tienen propuestas menos utópicas y más pragmáticas, un discurso dirigido a la juventud y una propuesta renovada sin hacer concesiones en los principios. En muchos casos se trata de un planteamiento que pretende conjugar inclusión social, mercado y democracia, incorporando actores sociales que tradicionalmente no han estado asociados a alternativas de izquierdas.

Inclusive en Cuba, anterior a los ciclos progresistas latinoamericanos del siglo XXI, comienzan a incorporarse a su manera en este nuevo espíritu.  El sistema político cubano no solo viene introduciendo reformas económicas tenientes a la flexibilización, sino que han incorporado una suerte de sucesión permanente de la presidencia luego de la muerte de Fidel Castro. Algunos expertos han sugerido que se trata de un cambio controlado, con miras a incluir importantes modificaciones a mediano y largo plazo en la isla.

Hasta ahora, Bolsonaro en Brasil, Lacalle Pou en Uruguay Y Bukelele en el Salvador son tres grandes excepciones, en las que la derecha parece mantener altos niveles de popularidad y consolidarse. Sin embargo, se trata también de derechas que han sabido renovarse e incorporar nuevos elementos. El populismo de Bolsonaro se intenta disputar con la izquierda el “imaginario popular” brasilero, aumenta recursos para programas sociales de ayuda directa y construye un discurso de amplio espectro social. Bukelele, como presidente “influencer” ha hecho de su figura un producto mercadeable en tiempos de tecnologías de comunicación e  información, teniendo como principal oferta política la lucha contra la corrupción y la delincuencia. Por último, Lacalle ha tenido un buen manejo de la pandemia, ha capitalizado una oferta electoral de reforma y privatización del sector policial y ha llevado a cabo un traspaso del poder respetuoso, institucional y sin sobresaltos con el Frente Amplio.

Hoy la pandemia, las redes sociales, los avances tecnológicos y el desgaste de la política tradicional han obligado a tirios y troyanos a repensarse. Aunado a esto, los errores cometidos por el primer ciclo progresista, han sido lentamente sistematizados, debatidos y replanteados por la izquierda continental. Este proceso de balances y reflexiones han incorporado rupturas y continuidades entre ambos ciclos que deben ser observados a lo largo del tiempo. Estos matices pudieran profundizarse hasta marcar grandes diferencias o por el contrario atenuarse. El debate sigue abierto.

Damian Alifa