«Mentimos, engañamos y robamos. Teníamos hasta cursos de entrenamiento», declaró el año pasado Mike Pompeo, el secretario de Estado de EEUU a propósito de su paso como director de la Agencia Central de Inteligencia.

Sin inmutarse y con la calma de quien parece haber aprobado dichos «cursos de entrenamiento», Pompeo retorna a una argumentación que ya había utilizado hace tres años para atacar la revolución bolivariana, acusarla de amparar células de Hizbulá en el país. El ministro venezolano Tarek El Aissami, respondió al ataque.

Lo de Pompeo no se trata de una declaración menor y debe ser tomada muy en cuenta por las fuerzas de seguridad de Venezuela.

Ante la fragmentación de la oposición en el país, la desmovilización de su base electoral y la canibalización de sus liderazgos políticos, a Estados Unidos no le queda más opción que seguir jugando a la táctica del desgaste y asedio sistémico, y sumarle un componente en el que tienen gran experticia: las operaciones negras o encubiertas.

Nos referimos al espectro completo de ellas, desde las siempre presentes operaciones de extracción de los liderazgos políticos, hasta la utilización de acciones más hostiles, como ataques directos contra bases militares, asesinatos selectivos y utilización de bombas. Todo ello incluido, sin el menor pudor, en la doctrina militar híbrida estadounidense y expuesta en sus manuales de Guerra No Convencional y Contrainsurgencia TC 18-01 y 3-24.

La razón es netamente operativa. Estados Unidos necesita imprimirle aceleración a la presión que ya ejerce en términos económicos, financieros e incluso psicológicos contra la nación suramericana.

En Washington saben que las acciones terroristas rara vez terminan en cambios de Gobierno. Son más bien métodos de presión para lograr avanzar en objetivos políticos, para presionar sean aceptadas condiciones desventajosas, para promover la ruptura del consenso entre ciertos actores de la sociedad.

En el caso venezolano, los ámbitos a afectar son la unidad de la Fuerza Armada y su apego a la Constitución nacional, y la relación entre la sociedad y el Gobierno nacional.

¿Cómo pretenden hacerlo?

Académicos como Alex Schmid consideran que «el terrorismo es un método inspirador de la ansiedad». Las acciones violentas son llevadas a cabo por agentes clandestinos individuales, grupales o estatales, por razones idiosincrásicas, criminales o políticas, y «los blancos directos de la violencia no son los objetivos principales». Es más, para investigadoras como Brigitte Nacos el terrorismo es «en realidad un acto de comunicación».

La reciente emergencia de grupos de carácter paramilitar en Venezuela —como el que reivindica su autoría del ataque al Comando Militar 5102, el 22 de diciembre de 2019— aclara la perspectiva de Nacos.

La Operación Aurora, tal y como la bautizan a través de un video difundido en Youtube, intenta crear una audiencia. Si los políticos tradicionales de oposición han sido incapaces de capitalizar atención, pues ahora estos terroristas serán los atractores para la base social que Estados Unidos no puede darse el lujo de perder en Venezuela.

La atención mediática que se le ha dado a esta clase de acciones criminales, como las protagonizadas por el ex funcionario policial, Óscar Pérez, demuestra que para el Pentágono, la acción terrorista tiene por objeto mantener en un estado de emergencia permanente al país, acelerar su desgaste. Generar la «ruptura de la cotidianidad», en palabras del dirigente de oposición Freddy Guevara, responsable de coordinar las guarimbas del 2017.

Los 5 supuestos contra el terrorismo

Edwin Baker es profesor de la Universidad de Leiden, en Países Bajos. Amplio conocedor del fenómeno del terrorismo, ha abierto un debate necesario sobre cuáles son los cinco aspectos a tener en cuenta para hacer una política contraterrorista exitosa.

Dichas dimensiones son:

  • La posibilidad de reconocer a un terrorista;     
  • la necesidad de des-radicalizar la sociedad;
  • el debate sobre si el terrorismo puede o no ser derrotado; 
  • la efectividad o no de la táctica de neutralización de los liderazgos terroristas y     
  • el manejo holístico de la situación.

Ya se ha abordado en profundidad la necesidad de desradicalizar la sociedad en un artículo titulado La mayor amenaza que enfrentará Venezuela y además, hemos expuesto la necesidad de abordar de forma holísticas las causas que hacen que un país pueda ser desestabilizado. Pero quedan aún, algunos nudos que destrabar.

Uno de ellos tiene que ver con la posibilidad de anticiparse o no a la amenaza reconociendo a tiempo dónde, cómo y quién puede sumarse a las filas de la caotización social.

Un personaje como Óscar Pérez, tristemente célebre por disparar desde un helicóptero contra edificios públicos del Gobierno venezolano, provino de un cuerpo policial que tiene escuadrones encargados de luchar contra la delincuencia organizada. Aun así no pudieron anticiparse a la amenaza. Un personaje político como Leopoldo López, mente maestra de un plan de acciones terroristas como La Salida, proviene de la alta capa social de Venezuela. Individuos entrenados por paramilitares colombianos que participaron en el magnicidio frustrado, son reclutados en las clases medias. Decenas de jóvenes que participaron en la violencia social de los años 2014 y 2017 en Venezuela, fueron captados en las zonas pobres de la capital.

Tal parece que la aproximación al problema no es de individuos, sino de un contexto que está haciendo posible que elementos de distintos capas sociales, converjan en el punto de la violencia. Entonces, más que reconocer al terrorista, de lo que se trata es de identificar las circunstancias que le sirven de plataforma.

Algunas consideraciones

La pregunta que debe hacerse el Gobierno de Nicolás Maduro no es si van a ocurrir ataques terroristas, sino cuándo. Recordemos que el país está lidiando con Estados Unidos, uno de los máximos promotores del terrorismo a nivel mundial.

Hacer un recuento de las pruebas que soportan esta afirmación no es motivo de este artículo, pero si valdría la pena mencionar algunos como la creación junto al Mossad del Estado Islámico (prohibido en Rusia y en otros países) y anteriormente de la propia Al Qaeda, asesinatos selectivos como el de los generales Soleimani y Gadafi, el incentivo de guerras civiles como en el caso de UcraniaLibia o Yugoslavia. Y eso sin profundizar en la promoción de golpes de Estado en decenas de países. Razones para preocuparse, sobran.

La mayor y más grande acción a tomar es el cambio de mentalidad. Venezuela y cualquier país del mundo, tiene el derecho soberano a defenderse de lo que consideran sus amenazas potenciales. El esquema de disuasión es un acierto. Diseñado desde la administración del Presidente Chávez y con apoyo del armamento ruso, mezcla una doctrina cívico-militar de características propias, con una estrategia defensiva A2AD (amenaza antiacceso y de negación de área) considerada actualmente como un modelo a seguir, según la declaración hecha por el almirante James G. Foggo, comandante de las Fuerzas Navales de Estados Unidos en Europa y África.

«En cuanto a las capacidades defensivas, como les digo a los aliados y a los socios, si están limitados en la cantidad de recursos que tienen y quieren proteger sus costas, entonces piensen en lo que los rusos hacen con A2AD y háganse con sistemas similares. Minas inteligentes. Misiles de crucero antibuque. Radares costeros interconectados», afirmó Foggo en una entrevista con Defense Writers Group.

A ese nivel actuamos correctamente, pero dónde debemos poner el acento. La hoja de ruta para el asedio ya está declarada, dos de los vértices son el ataque a las Fuerzas de Operaciones Especiales (FAES) y las sanciones contra el comercio de oro. Por un lado, buscarán satanizar a los grupos que se encarguen de garantizar la estabilidad y seguridad de la nación, por el otro llenarán de conflictos la zona sur del país. El estado Bolívar, probablemente más que cualquier otra región incluyendo la frontera colombiana, será un hervidero este 2020.

La recomendación es no ceder al chantaje ni avergonzarse por la necesidad y el derecho legítimo a defender la soberanía del país.

Es necesario volver a dar el debate en torno a la necesidad de erigir una institución que sirva para centralizar los esfuerzos de inteligencia y contrainteligencia del país. Eliminar la dispersión y la duplicación de esfuerzos y objetivos. La creación del Centro Estratégico de Protección y Defensa de la Patria era el organismo llamado a la tarea, pero aún merece mayor respaldo. Quizá elevarlo a un rango ministerial pueda servir para fomentar la cooperación, coordinación y centralización entre los organismos de seguridad del Estado.   

Por otro lado, hay que poner sobre el tapete, sin complejos, ni temores, el debate sobre el financiamiento de la USAID a Organizaciones No Gubernamentales que actúan como brazos paraestatales al servicio de la desestabilización del país. Los mensajes de odio, de llamados al asesinato y a la violencia en el país deben detenerse, si acaso esperamos que la radicalización de la sociedad cese.

El terrorismo puede ser derrotado, pero para que ello ocurra las causas que lo potencian y originan deben eliminarse. Incluyendo la guerra psicológica que desea mantener el país, en un estado de división y conflicto social permanente. No se trata solo de medidas policiales y militares, se trata de un enfoque multidimensional donde además se pueda atender los complejos problemas económicos e institucionales que sirven de tierra fértil para la promoción del odio y la fragmentación social. Derrotar la amenaza de la violencia pasa por reconstruirnos como nación. Esa es la primera medida contraterrorista.

José Negrón Valera / Cortesía Mundo.Sputniknews.com