En el episodio 465 de Análisis Situacional, Oscar Schémel conversa con José González, economista y analista financiero internacional con más de tres décadas de experiencia en finanzas corporativas y en la industria petrolera venezolana. La entrevista aborda con profundidad el ciclo de transformaciones que atraviesa la economía venezolana, situándola en el contexto de los grandes reordenamientos geopolíticos y geoeconómicos del siglo XXI.
González utiliza la experiencia peruana —desde la hiperinflación de 1990 hasta su consolidación como tercera economía exportadora de América Latina— como espejo analítico para proyectar el potencial venezolano. A partir de ese símil, el análisis despliega los ejes que determinan el crecimiento sostenido: pragmatismo económico, racionalidad política, sensibilidad social y aprovechamiento estratégico de los recursos naturales en un mundo que compite agresivamente por energía, alimentos y minerales críticos.
La conversación adquiere especial relevancia en un momento en que Venezuela ha acelerado reformas legislativas de calado —impensables hace menos de un año— y en que actores globales de primer orden, como BlackRock y JP Morgan, han comenzado a señalar al país como destino de inversión. El intercambio entre Schémel y González ofrece una lectura estructurada, sin ingenuidades, de qué se necesita para que esas señales se traduzcan en crecimiento real y sostenido.
José González es economista y comunicador con formación en periodismo, cine y sociología, especializado en patologías sociales. Su trayectoria abarca más de treinta años de trabajo en finanzas corporativas, análisis de mercados y capitales, banca de inversión y asesoría financiera. Cubrió como periodista los conflictos de la guerrilla colombiana y de Sendero Luminoso, y fue activista en derechos humanos, lo que le confiere una perspectiva que integra lo político, lo social y lo económico de manera poco frecuente en el análisis financiero convencional. Su doble vínculo con el Perú y Venezuela le permite articular comparaciones históricas concretas, respaldadas por datos macroeconómicos precisos.
Su relevancia en este momento es singular. González opera en el cruce entre la experiencia latinoamericana acumulada y los nuevos vectores de la geopolítica global —energía, minerales críticos, seguridad alimentaria—, terreno exacto en el que Venezuela debe posicionarse para aprovechar las reformas en curso. Su participación en el desarrollo de la industria petrolera venezolana durante tres décadas le otorga, además, una perspectiva de largo plazo sobre los ciclos del país que pocos analistas pueden aportar.
«En poco más de 90 días han sucedido reformas en Venezuela en el aspecto legislativo que eran, como señalabas, impensables antes del 3 de enero. Y las decisiones legislativas que se están tomando y las regulaciones que eso implica van a ser extraordinarias.»
«Venezuela tenía una economía de 400 mil millones y se redujo a una economía de 35 mil millones.»
«Un buen gobierno es sensible en lo social, racional en lo político —hay adversarios y no enemigos—, y pragmático en lo económico. Eso genera realismo.»
- Las reformas legislativas venezolanas de los primeros 90 días de 2026 y su potencial transformador sobre la economía y la industria petrolera.
- El modelo peruano como referencia histórica: de la hiperinflación de 1990 al crecimiento sostenido, con lecciones aplicables al caso venezolano.
- La tríada del buen gobierno: sensibilidad social, racionalidad política y pragmatismo económico como condiciones estructurales del desarrollo.
- El nuevo mapa geopolítico y geoeconómico global: disputa por energía convencional, minerales críticos para la electrificación y seguridad alimentaria.
- El interés de grandes capitales internacionales —BlackRock, JP Morgan— en Venezuela como señal de reposicionamiento del país en los mercados globales.
- La desigualdad y la baja productividad como frenos estructurales al crecimiento, independientemente del ciclo político.
La conversación entre Schémel y González revela algo más que un diagnóstico económico. Articula una hipótesis de desarrollo para Venezuela sustentada en precedentes regionales verificables. Al contrastar la Venezuela actual —con un PBI que se contrajo de 400.000 millones a 35.000 millones de dólares— con el Perú que en tres décadas multiplicó su economía más de trece veces, González no propone una receta ideológica sino una secuencia de condiciones: apertura regulatoria, estabilidad institucional suficiente para que el capital externo opere con horizonte de largo plazo, y aprovechamiento de las ventajas comparativas en un mundo que compite ferozmente por energía, alimentos y minerales críticos. La velocidad de las reformas legislativas venezolanas —sintetizada en la frase «en poco más de 90 días»— sugiere que al menos la primera condición ha comenzado a activarse.
En el plano internacional, la mención explícita de Larry Fink y BlackRock no es un detalle anecdótico. Que el mayor fondo de inversión del mundo, con 13 billones de dólares bajo gestión, señale a Venezuela como destino atractivo marca un punto de inflexión en la percepción del riesgo país. González conecta esto con la lógica de los tres grandes polos geoeconómicos de la pospandemia —norte global consumidor, multipolaridad emergente y Sur proveedor de recursos— para situar a Venezuela en una posición estratégica que va mucho más allá del petróleo. La combinación de hidrocarburos, minerales críticos para la electrificación global y potencial agroindustrial convierte al país en un actor relevante en las tres disputas simultáneas que definen la geopolítica del siglo XXI. El reto, como el propio González subraya respecto al Perú, no es si se puede crecer, sino cuánto más se podría crecer si se resuelven los déficits de productividad asociados a la desigualdad y la inestabilidad política.
- Las reformas legislativas aceleradas en materia económica y petrolera crean una ventana de oportunidad concreta para atraer inversión extranjera directa, pero su aprovechamiento dependerá de la consistencia y profundidad regulatoria en los próximos meses.
- El interés declarado de fondos como BlackRock puede funcionar como señal de arrastre para inversores institucionales de menor tamaño, siempre que Venezuela consolide marcos jurídicos que garanticen seguridad contractual y repatriación de utilidades.
- La reducción de la desigualdad no es solo un imperativo social sino una variable de competitividad. Sin mejoras en la distribución del ingreso, los costos de producción permanecerán elevados y la productividad agregada seguirá siendo un techo al crecimiento.
- El posicionamiento de Venezuela como proveedor estratégico en las tres cadenas críticas globales —energía convencional, minerales de electrificación y agroindustria— exige una política exterior activa y una diplomacia económica sofisticada que capitalice las reformas internas.
- La inestabilidad política, señalada como el principal freno del modelo peruano incluso en su fase de mayor éxito económico, constituye también la principal amenaza para la consolidación del ciclo de cambios venezolano. Sin racionalidad política sostenida —adversarios en lugar de enemigos— el capital externo difícilmente comprometerá inversiones de largo plazo.
«`









